En la dimensión regular, el hombre fue plasmado por el deseo creador, con conocimiento pleno de causa y efecto. El principio único creó los elementos en su imaginación, con todas las características deseadas.

La dimensión sublime captó ese deseo y lo mandó al universo, para que las otras dimensiones lo plasmaran.

El hombre primario (nosostros) es una burda imitación, ya que fue el más densificado.

Todas las dimensiones son copias del primer deseo, y estas copias se reprodujeron a imagen y semejanza del deseo uno. Miles de millones de veces descendió el deseo, por todas las dimensiones, planos y grados. Este deseo fue cada vez más burdo, y la imagen más distorsionada. Cada dimensión reflejaba la imagen a la realidad que le seguía, y cuando llegó a lo más denso, se convirtió en una triste imitación del primer deseo. Por eso nosotros no nos parecemos a las dimensiones superiores.

Imaginemos un volcán en erupción: al salir la lava es líquida, incandescente y brillante. Conforme se va alejando, se va endureciendo y oscureciendo, hasta convertirse en roca sólida y petrificada. Si nosotros no conocemos este proceso, no lo reconoceríamos.

Así es el universo: se presenta de miles de formas y siempre es el mismo, solo que en estados diversos.

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