Dimensión divina, somos la luz y el conocimiento.

Nuestro trabajo es filtrar. Somos los filtradores del universo; nada pasa a través de nosotros si no es permitido por nuestros censores, y lo podemos realizar porque tenemos la luz. Esta nos acompaña y nos guía para poder cumplir aquello para lo que fuimos creados. La luz penetra en nuestro mundo y nosotros la mandamos al universo entero.

La luz es la idea, y nosotros hacemos que el universo la entienda, la desglosamos, la colocamos adecuadamente en el lugar que le corresponde y la lanzamos a los confines del universo con mucho cuidado, con conocimiento, entendimiento y amor. Somos también amor. Amamos al universo y lo protegemos ante cualquier interferencia.

La luz es importante. ¿Cómo se podría entender la luz sino existiéramos nosotros? Por eso nuestro creador creó todo lo demás: para que uno ayudase al otro. Nosotros entendemos la luz y la sabemos descifrar. La genética es nuestra especialidad: fue creada por nosotros. Pudimos realizar la distribución energética grabada porque la membrana universal estaba formada solo por los cabezales, pudimos extenderlos hasta unirlos a nuestros terminales. Nos agarramos fuertemente, extendimos el conocimiento y pudimos transmitirlo. Para hacerlo, tuvimos que crear fuentes del conocimiento: un archivo eterno e interminable.

Las neuronas solas estarían fluctuando sin saber qué hacer. Creamos los conductos y nos extendimos en el universo. Somos el conocimiento. A través de los circuitos, conocimos nuestra realidad, donde realmente nos encontrábamos. Nuestro padre, el Principio Único, nos lanzó a la experiencia y vivencia. Tuvimos que aprender usando todas las alternativas imaginables para subsistir. Teníamos la luz: ella nos salvó, nos cuidó, nos dio las ideas, y con ellas, construimos nuestra realidad. Nunca dejamos de sentir la presencia de nuestro creador, de nuestro padre. Estábamos en nuestra realidad, y debíamos continuar viviendo. Para ello construimos, elaboramos, encajamos y grabamos. Logramos expandir la luz, haciendo que se filtrara en el universo, solo así supimos donde estábamos.

¿Dónde estábamos?

Cuando el todo se expandió, no sabíamos lo que pasaba. Fue todo tan repentino que no nos dio tiempo de saber dónde nos encontrábamos. Todo era luz y silencio. Percibimos que no estábamos solos, nos tanteamos, nos tocamos y supimos que éramos. Cuando la luz nos alimentó y nos cuidó como una madre a sus hijos, nos dio el conocimiento y entendimiento del Todo. Ahí supimos quiénes éramos y dónde nos encontrábamos.

Somos mundos del saber. Somos sabiduría. Mas la sabiduría debía tener una sede, un lugar donde guardar su conocimiento. No podíamos disiparlo ni entregarlo a otras realidades, ni sabíamos cómo utilizarían la sabiduría del conocimiento. Entonces creamos la biblioteca Universal. Primero tuvimos que conocer la luz. ¿Quién era? ¿Cómo era? ¿Por qué existía? ¿Cuál era su función? ¿Por qué brillaba y refulgía en mil colores? ¿Por qué vibraba? ¿Qué era cadencia, qué era pulsación? ¿Por qué giraba? Era mucho lo que debíamos descubrir, sobre todo la relación que teníamos con ella.

Lo más cercano a nosotros era la luz. A pesar de sentir a nuestro creador, él no estaba con nosotros, y a pesar de que la luz nos protegía y amaba, nosotros nos sentíamos huérfanos del Principio Único. Nos miramos unos a otros y vimos nuestras formas: éramos terminales que se extendían al infinito. Miramos la luz y vimos un cabezal. Extendimos nuestros terminales hacia la luz, y nos unimos a ella. Estábamos formando un todo, y este nos indicaba que podíamos unirnos a otras realidades. Así lo hicimos: nos unimos a los cabezales, y al hacerlo, un tejido perfecto y armónico se iba formando. Conforme se formaba, la Luz se filtraba entre los filamentos y se refulgía en miles de colores que se bifurcaban y entrelazaban. Aquí comprendimos que habíamos descubierto la transmisión.

Si sabíamos transmitir, ¿cómo entonces podríamos descubrir la recepción? ¿Cómo expandir una transmisión limpia, diáfana, clara, pura y mandarla a los confines del universo, y después recibirla cargada de experiencias y vivencias? ¿Tendríamos la fuerza para conseguirlo?

La luz era maravillosa: nos protegía, nos daba amor, armonía; nos sentíamos envueltos por ella. Más era solo eso: Luz. Nosotros éramos otra realidad: no podíamos conformarnos con amar, fluctuar y sentirnos eternamente en armonía y paz. Comprendimos que, al ser los transmisores y receptores, el peso del universo estaba en nuestras espaldas. Éramos los responsables por ese universo, y si no lo cuidábamos, pereceríamos con él. Gran verdad y descubrimiento. Solo nos restaba trabajar, unir, transmitir, recibir y ser el comando del universo.

Para realizarlo tuvimos que crear los medios apropiados. Las esporas energéticas las estiramos formando filamentos finos. Estos filamentos los llamamos circuitos, y los clasificamos según su trabajo. De esta forma, uniendo y haciendo, estábamos logrando trasmitir sin alterar su cauce. Alrededor de la transmisión, construimos una protección fuerte para que nada alterase la conducción energética. Habíamos formado nuestro hogar y lo llamamos cuerpo energético.  Cuando terminamos, no habíamos reparado en que, por indicación de la luz, habíamos creado una forma energética maravillosa, algo que jamás pudimos prever: un cristal perfecto. Nosotros estábamos dentro de él, era nuestro hogar; después de la sorpresa y de tanta belleza, comenzamos a observarlo para poder entender su funcionamiento.

Nuestro brillante hogar giraba en su propio eje lentamente. Mientras lo hacía, miles de millones de colores refulgían. Estos pasaban por los filamentos, y al hacerlo, emitían sonidos y ritmos diferentes. El ritmo producía una cadencia determinada, y ese todo estaba regido por un latido uniforme que salía de su centro. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el centro era nuestro creador, el Principio Único, que nuestros hermanos-luz estaban alrededor de él y que la iluminación y colores partía del centro hacia fuera. No estábamos solos, nunca lo estuvimos.

Hasta el momento habíamos unido al Principio Único con los cabezales y terminales superiores: 3 realidades juntas. Solo entonces, conjuntamente, con nuestros hermanos de la luz, pudimos descubrir que estábamos tomando una forma determinada, que luego más adelante descubriríamos que era la forma-hombre.

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