El cristal brillante fue dividido en 9 zonas, cada una de ellas con diferentes responsabilidades.

La dimensión divina estaba encargada de repartir este trabajo, y lo hizo con equidad y justicia.

Dependiendo de su estructura, tamaño, color, densidad, ritmo y cadencia, lo clasificó.

Los encargados se repartieron el trabajo y lo aceptaron con alegría y mucho amor:

Zona 9: Los mentores de la luz

Zona 8: Los mentores del conocimiento

Zona 7: Los mentores del entendimiento

Zona 6: Los mentores del amor

Zona 5: Los mentores de la forma

Zona 4: Los mentores de la continuidad

Zona 3: Los mentores de la asimilación

Zona 2: Los mentores de la sustentación

Zona 1: Los mentores de la creación

Son las 9 zonas que pertenecen a nuestro universo. Conocemos 3 más, que se encuentran fuera de nuestro cristal brillante; ellas pertenecen a la burbuja-esfera:

Zona 10: Los mentores de la sabiduría

Zona 11: Los mentores de la esencia

Zona 12: Los mentores de la idea

Así los Seres Uno, en unión con la creación y con su máquina hombre, llegaron a los confines del universo y pudieron realizar toda la creatividad de la idea.

Los 3 centros se convirtieron en un gran laboratorio, donde nosotros descubríamos paso a paso la gran alquimia de la transmutación de la energía y elaborábamos infinitas fórmulas, construyendo, fundiendo y mezclando sin límites.

El núcleo nos daba los elementos, y nosotros los transformábamos en miles de millones de expresiones.

Los colocábamos muy cerca del Principio Único con resultados extraordinarios, y aquellos que nosotros no considerábamos de importancia, los mandábamos a lo más lejos posible y lo archivábamos para usarlos en el momento adecuado. Recopilamos tanta información del todo, que nada escapó a nuestro conocimiento; estábamos satisfechos del trabajo.

El conocimiento se recopilaba y ordenaba en sus respectivas zonas; era un trabajo perfecto. Fórmulas sofisticadísimas se creaban y archivaban para la continuidad del todo, pero ¿quién las plasmaría y ejecutaría?

Nosotros teníamos el conocimiento más maravilloso, pero todo estaba en la imaginación. Esta existía en la realidad de nuestra necesidad, comprendimos que, a pesar de habernos fusionado a los cabezales y tener los terminales superiores, ello no bastaba: faltaban herramientas para poder expresar lo imaginado.

En todo este proceso tenemos que entender que las dimensiones y realidades no están separadas.

Al unirse los cabezales con nosotros, nos convertimos automáticamente en Uno.

Una cabeza podía pensar, mas no podía realizar, y los miembros sin cabeza estaban peor todavía, no podían ejecutar

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